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Tu cuerpo te habla: señales de alerta (y mitos) sobre la diabetes y la presión alta que debemos conocer todos los mexicanos

En México, la diabetes y la hipertensión no son enfermedades lejanas ni raras: forman parte de la vida cotidiana de millones de personas. Sin embargo, siguen rodeadas de silencios, normalizaciones peligrosas y mitos que retrasan el diagnóstico y el tratamiento. El problema no es solo médico, sino cultural: muchas veces el cuerpo avisa, pero aprendimos a no escucharlo.

Uno de los mayores riesgos de ambas condiciones es que pueden avanzar durante años sin síntomas claros. Por eso se les conoce como “enemigos silenciosos”. Aun así, el cuerpo suele enviar señales tempranas que con frecuencia se atribuyen al cansancio, la edad o el estrés. En el caso de la diabetes tipo 2, una sed constante, ganas frecuentes de orinar, visión borrosa, fatiga persistente y heridas que tardan en sanar no son molestias normales. Son alertas metabólicas que indican que el cuerpo no está manejando bien la glucosa en sangre.

La presión alta, por su parte, rara vez causa dolor evidente. No obstante, dolores de cabeza frecuentes, mareos, zumbidos en los oídos, palpitaciones o sensación de opresión en el pecho pueden aparecer cuando la presión se mantiene elevada por periodos prolongados. El gran error es esperar a “sentirse mal” para revisarse, cuando en realidad la hipertensión suele detectarse solo con mediciones regulares.

A estos riesgos se suman mitos profundamente arraigados. Uno de los más comunes es pensar que la diabetes solo aparece si se consume mucho azúcar. La realidad es más compleja: influyen la genética, el exceso de peso, el sedentarismo, la calidad de la dieta y el estrés crónico. Dejar los refrescos ayuda, pero no basta si el resto del estilo de vida no se ajusta. Otro mito frecuente es creer que la presión alta solo afecta a personas mayores. Cada vez más adultos jóvenes presentan hipertensión debido a dietas altas en sodio, falta de actividad física y jornadas prolongadas frente a pantallas.

También persiste la idea de que “si no duele, no es grave”. Esta creencia es especialmente peligrosa. Tanto la diabetes como la hipertensión dañan lentamente vasos sanguíneos, nervios, riñones y corazón sin causar dolor inmediato. Cuando aparecen las complicaciones —infartos, insuficiencia renal, pérdida de visión— el daño suele estar avanzado. Escuchar al cuerpo implica entender que la ausencia de dolor no es sinónimo de salud.

Otro mito común es confiar exclusivamente en remedios caseros o “tés milagro”. Si bien algunas infusiones y cambios en la alimentación pueden apoyar el control metabólico, ninguna sustituye la vigilancia médica ni el tratamiento indicado. La automedicación o el abandono de fármacos “porque ya me siento mejor” es una de las principales causas de descontrol en ambas enfermedades.

Escuchar al cuerpo también significa observar hábitos. Aumento de peso abdominal, dificultad para dormir, cansancio constante después de comer o dependencia excesiva de cafeína y azúcar son señales de desequilibrio que preceden al diagnóstico formal. El cuerpo no habla de golpe: primero susurra.

La buena noticia es que tanto la diabetes tipo 2 como la hipertensión pueden prevenirse o controlarse eficazmente cuando se detectan a tiempo. Medirse la glucosa y la presión de forma regular, incluso sin síntomas, debería ser tan habitual como cualquier otro cuidado básico. Comer más alimentos frescos, moverse diariamente, reducir el consumo de ultraprocesados y manejar el estrés no son recomendaciones abstractas, sino herramientas concretas de protección.

En un país donde estas enfermedades forman parte de la conversación familiar, aprender a distinguir señales reales de mitos es un acto de autocuidado y responsabilidad colectiva. El cuerpo siempre está comunicando lo que necesita. Escucharlo a tiempo puede marcar la diferencia entre vivir con salud o convivir con una enfermedad que pudo haberse evitado o controlado mejor.

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