Caminar por la Ciudad de México es recorrer una urbe viva… y en movimiento. No solo por su tráfico o su ritmo acelerado, sino porque literalmente se está hundiendo. En algunas zonas, el suelo desciende hasta 40 centímetros por año, un fenómeno que no es nuevo, pero que hoy resulta más evidente y preocupante. ¿La causa? Una combinación entre su origen lacustre, el peso de la ciudad moderna y la manera en que usamos el agua.
Una ciudad construida sobre un lago
Antes de ser una megalópolis, el Valle de México estaba cubierto por una red de lagos: Texcoco, Xochimilco, Chalco, Zumpango y Xaltocan. Los mexicas construyeron Tenochtitlán sobre islas y terrenos fangosos, usando sistemas ingeniosos como las chinampas.
Cuando los españoles drenaron los lagos para evitar inundaciones, quedó expuesto un suelo blando, compuesto principalmente por arcillas saturadas de agua. Ese tipo de suelo es estable mientras conserva humedad, pero extremadamente frágil cuando se seca.
El suelo lacustre: como una esponja
El suelo de la CDMX funciona, en términos simples, como una esponja llena de agua. Cuando esa agua se extrae —principalmente del acuífero subterráneo— la esponja se comprime y ya no vuelve a su forma original.
Este proceso se llama compactación del suelo, y es irreversible. Cada litro de agua que se extrae deja pequeños vacíos que colapsan lentamente bajo su propio peso… y bajo el de todo lo que está encima.
¿El peso de los edificios importa? Sí, pero no como creemos
Es común pensar que la ciudad se hunde solo por “demasiados edificios pesados”, pero la realidad es más compleja.
El peso de construcciones, calles y sistemas de transporte acelera el hundimiento, pero no lo inicia. El verdadero detonante es la sobreexplotación del agua subterránea. Sin agua que sostenga las arcillas, el suelo cede, y el peso urbano actúa como una prensa constante.
Por eso zonas con edificios relativamente bajos también se hunden, mientras que áreas con rascacielos pueden mantenerse estables si el suelo y el manejo del agua son distintos.
Hundimientos desiguales: el gran problema
La CDMX no se hunde de manera uniforme. Algunas colonias bajan más rápido que otras, lo que provoca:
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Grietas en viviendas y calles
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Tuberías rotas y fugas constantes
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Inclinación de edificios
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Daños en el drenaje, que deja de funcionar por gravedad
Este hundimiento diferencial es uno de los mayores retos de infraestructura de la ciudad, más incluso que el hundimiento total.
¿Se puede detener el hundimiento?
Detenerlo por completo es prácticamente imposible, pero sí se puede desacelerar. Las estrategias más importantes incluyen:
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Reducir la extracción de agua del acuífero
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Captar y reutilizar agua de lluvia
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Recargar artificialmente el subsuelo
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Diseñar edificios e infraestructura adaptados al movimiento del suelo
La CDMX ya aplica algunas de estas medidas, pero el ritmo de consumo de agua sigue siendo mayor que la capacidad de recuperación del suelo.
Una ciudad que aprende a vivir con su suelo
La Ciudad de México no se hunde por descuido reciente, sino por una historia geológica e hidráulica que se arrastra desde hace siglos. Vivir aquí implica aceptar que el suelo se mueve y que la planeación urbana debe adaptarse a esa realidad.
Entender por qué se hunde la CDMX no es solo una curiosidad científica: es clave para imaginar una ciudad más resiliente, consciente de su pasado lacustre y de los límites de su entorno natural.














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