Por Juan Pablo Ojeda
La política exterior suele sentirse lejana para la mayoría de las personas, pero este mensaje pronunciado en la Cámara de Diputados aterriza el tema a algo muy concreto: cómo se representa y se protege a México y a los mexicanos en el mundo. En un encuentro con embajadoras, embajadores y cónsules que regresaron al país para su reunión anual, la presidenta de la Cámara de Diputados puso sobre la mesa una idea central: la diplomacia no es un discurso elegante, es un servicio público que impacta directamente la vida de millones de personas.
El mensaje arrancó con un tono cercano, de bienvenida y reconocimiento, destacando que México es una patria que cobija a todas y todos y que desde los tres Poderes de la Unión se trabaja para construir un país más justo y representativo. En ese marco, se subrayó la coordinación institucional como una política pública clave: cuando Ejecutivo, Legislativo y diplomacia caminan juntos, el país gana fuerza frente a un mundo cada vez más complejo.
El reconocimiento fue claro hacia la Secretaría de Gobernación y la Secretaría de Relaciones Exteriores, encabezada por Juan Ramón de la Fuente, a quien se presentó como una figura estratégica en un momento internacional marcado por tensiones geopolíticas, conflictos regionales, cambios tecnológicos acelerados y nuevas reglas económicas. El mensaje fue directo: el mundo está revuelto y México necesita una diplomacia sólida, profesional y con visión de largo plazo.
Desde la óptica del Congreso, se explicó algo que suele pasar desapercibido: embajadas y consulados no solo representan al Estado mexicano, también son el primer refugio para quienes viven, trabajan o transitan fuera del país. Tener un lugar donde se hable tu idioma, se entienda tu situación y se defienda tu dignidad no es un lujo, es una política pública fundamental. Esa es la razón por la que México presume, con razón, su fortaleza consular.
La presidenta de la Cámara resaltó el valor del Servicio Exterior Mexicano como una institución de carrera, formada con rigor y vocación, donde la experiencia acumulada garantiza continuidad, coherencia y memoria diplomática. En tiempos de cambios rápidos, esa estabilidad se vuelve una ventaja estratégica para el país.
El mensaje también hizo una pausa en lo esencial: los derechos humanos. Recordó que todas las autoridades, dentro y fuera del territorio nacional, tienen la obligación constitucional de promoverlos, protegerlos y garantizarlos. No importa el país, la ideología o el contexto político: ese principio debe ser el faro que guíe el actuar de la representación mexicana en el mundo.
Desde el Congreso, se reconoció que México es plural y que existen diferencias políticas, pero se dejó claro que esas diferencias no impiden trabajar por el interés nacional. Al contrario, esa diversidad es parte de la fortaleza democrática del país y se refleja en cada embajada y consulado.
El mensaje cerró con una idea poderosa y sencilla: cada embajadora y cada cónsul es el rostro de México ante el mundo. Su actuar cotidiano, muchas veces silencioso, es una de las políticas públicas más importantes del país, porque ahí se juega la protección de personas, la defensa de derechos y la imagen de una nación entera.














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