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Dormir con frío: ¿Aliado o enemigo de tu descanso?

Para muchos, no hay sensación más placentera que deslizarse bajo unas sábanas frescas cuando la temperatura baja. Sin embargo, para otros, el invierno es sinónimo de noches de insomnio y pies helados. La ciencia sugiere que el frío puede ser un gran aliado para la salud, pero solo si sabemos cómo manejarlo adecuadamente.

La ciencia detrás del frío y el sueño

Nuestro cuerpo sigue un ritmo circadiano que regula cuándo nos sentimos despiertos y cuándo somnolientos, y un componente clave de este proceso es la temperatura corporal central. Para iniciar el sueño, el organismo necesita enfriarse; por la noche, perdemos calor principalmente a través de las manos y los pies. Una habitación fresca facilita este descenso térmico, enviando una señal clara al cerebro de que es hora de descansar.

Además, los ambientes frescos favorecen la producción de melatonina. Esta hormona no solo nos ayuda a dormir, sino que también funciona como un potente antioxidante. Se ha demostrado que mantener una temperatura moderadamente baja ayuda a entrar más rápido en las fases de sueño profundo y fase REM, fundamentales para la restauración física y la consolidación de la memoria.

El «punto dulce»: ¿Cuál es la temperatura ideal?

Aunque la preferencia personal varía, los expertos sugieren que el rango ideal para los adultos se encuentra entre los 15°C y 19°C. Para los bebés y niños pequeños, es recomendable mantener el termostato un poco más alto, entre los 18°C y 21°C, mientras que los adultos mayores suelen descansar mejor en entornos de entre 20°C y 23°C debido a que su capacidad de termorregulación es menor.

Es importante evitar los extremos: si la temperatura baja de los 12°C, el cuerpo puede entrar en un estado de estrés térmico, provocando microdespertares y tiritones que interrumpen el ciclo natural del sueño y evitan el descanso real.

Estrategias para optimizar tu descanso invernal

Para aprovechar los beneficios del frío sin sufrir incomodidad, puedes implementar soluciones sencillas en tu rutina. Una de las más efectivas es el uso de calcetines; aunque parezca contradictorio, calentar los pies dilata los vasos sanguíneos, lo que ayuda al cuerpo a liberar calor interno más rápido y acelera el inicio del sueño.

En lugar de utilizar un solo edredón excesivamente pesado, es preferible vestir la cama con varias capas transpirables. Esto permite atrapar el aire caliente de forma más eficiente y te da la flexibilidad de ajustar el abrigo durante la noche sin despertarte por completo. Asimismo, una ducha tibia antes de acostarte puede ser de gran ayuda, ya que la caída de temperatura corporal que experimentas al salir del agua imita el proceso biológico necesario para dormir.

Finalmente, presta atención a la calidad del aire. La calefacción suele resecar las vías respiratorias, lo que puede causar molestias en la garganta o la nariz al despertar. Si este es tu caso, utilizar un humidificador o colocar un recipiente con agua cerca de la fuente de calor puede mantener la humedad en niveles óptimos para un descanso reparador.

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