Por Juan Pablo Ojeda
Aunque desde el gobierno federal se ha insistido en que no habría incrementos en productos básicos, en Hermosillo, Sonora, la realidad ya empezó a moverse en sentido contrario. El precio de la tortilla, uno de los alimentos más sensibles para la economía familiar, registra aumentos que están impactando directamente en el costo de la comida diaria.
Actualmente, el kilo de tortilla se ubica en un rango que va de los 35 a más de 40 pesos, dependiendo del establecimiento. Este ajuste no es menor si se considera que se trata de un insumo esencial para miles de pequeños negocios, desde taquerías hasta puestos de tamales, que operan con márgenes reducidos y dependen de mantener precios accesibles para no perder clientela.
Para quienes están al frente de estos negocios, el aumento no se absorbe fácilmente. Vendedores como Luis González, dedicado a la venta de tacos, explican que el encarecimiento de la tortilla se suma a una cadena de incrementos en otros insumos clave como la carne, el tomate y el limón. En términos prácticos, esto obliga a tomar decisiones complicadas: subir precios y arriesgar ventas, o mantenerlos y reducir ganancias.
El efecto es acumulativo. En el caso de los tamales, por ejemplo, algunos comerciantes ya habían aplicado ajustes desde inicios de año, pasando de 20 a 22 pesos por pieza, anticipando precisamente este tipo de presiones. La tortilla, al ser base de múltiples alimentos, termina amplificando cualquier variación en su costo.
Del lado de la producción, las tortillerías también enfrentan su propio cuello de botella. El alza en la harina y el gas —dos de sus principales insumos— ha ido reduciendo su capacidad de contención de precios. Aunque muchos negocios intentan “aguantar” para no perder clientes, el margen de maniobra es cada vez más limitado, lo que hace inevitable que los aumentos lleguen al consumidor final.
Este escenario abre una brecha entre el discurso oficial y lo que ocurre en el terreno. Mientras las autoridades sostienen que los mecanismos de control inflacionario están funcionando, en mercados locales como el de Sonora se observa cómo los costos reales siguen presionando a la cadena alimentaria.
Más allá de un caso aislado, lo que ocurre en Hermosillo funciona como termómetro de una tendencia más amplia: cuando suben los insumos básicos, el impacto no se queda en un solo producto, sino que se traslada a toda la economía cotidiana, afectando tanto a quienes venden como a quienes compran.















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