Por Bruno Cortés
Desde Bruselas llegó un mensaje que en San Lázaro no pasó desapercibido: el futuro económico ya no se puede separar del medio ambiente. La diputada Mónica Álvarez Nemer, de Morena, presentó su informe sobre las reuniones de las Comisiones Parlamentarias Permanentes de la Asamblea Parlamentaria Euro-Latinoamericana (Euro-Lat), y lo que se discutió ahí toca directamente el bolsillo, el empleo y el rumbo económico de México y de toda la región.
El diagnóstico es claro y no necesita lenguaje técnico para entenderse. Si América Latina no se adapta rápido al cambio climático, podría perder hasta 2.5 por ciento de su Producto Interno Bruto cada año hacia 2030. Traducido: menos crecimiento, menos empleos y más presión social. Pero al mismo tiempo, la región tiene una enorme ventaja: concentra más del 40 por ciento de la biodiversidad mundial, produce la mayor parte de su electricidad con energías renovables y posee minerales clave como litio, cobre y níquel, indispensables para la transición energética global.
En ese escenario, 2025 aparece como un punto de quiebre. O se aprovecha el momento o se deja pasar una oportunidad histórica. Álvarez Nemer subrayó que México ya ha dado pasos importantes: prácticamente eliminó las sustancias que dañan la capa de ozono, redujo de manera drástica el uso de gases contaminantes y se fijó como meta mantener sus emisiones de CO₂ por debajo de ciertos niveles hacia 2030. No es menor si se toma en cuenta el contexto de limitaciones presupuestales.
La diputada explicó que, pese a esos retos, México se está reposicionando como un actor atractivo para el llamado nearshoring, es decir, la llegada de empresas que buscan producir más cerca de Estados Unidos. Aquí es donde entran las políticas públicas: energías limpias, electromovilidad e innovación tecnológica no solo son banderas ambientales, también son palancas de crecimiento económico y empleo.
Del otro lado del Atlántico, la Unión Europea tampoco la tiene fácil. Para alcanzar la neutralidad climática en 2050, necesitará invertir cada año el equivalente a 2 por ciento de su PIB y asegurar cadenas de suministro más estables. Por eso, la relación con América Latina deja de ser un discurso diplomático y se vuelve una necesidad estratégica. Mientras Europa invierte más del 2 por ciento de su PIB en estos temas, América Latina apenas llega al 0.63 por ciento. La brecha es enorme y ahí es donde entra la cooperación birregional.
Con ese contexto, Álvarez Nemer puso sobre la mesa dos propuestas concretas. La primera es crear un mecanismo Euro-Lat de innovación para la transición energética: un fondo conjunto que financie proyectos de energías limpias, economía circular, movilidad eléctrica, almacenamiento de energía y digitalización ambiental, involucrando universidades, centros de investigación y gobiernos locales. La segunda es construir un sistema compartido de datos ambientales y climáticos, una plataforma que permita medir de forma comparable emisiones, deforestación, calidad del aire y uso del agua, para tomar decisiones con base en evidencia y atraer inversión.
Más allá de los números, el mensaje político es claro: Europa y América Latina comparten objetivos y desafíos, y sin coordinación no habrá transición energética justa ni crecimiento sostenible. En el encuentro también se reafirmó el compromiso con la integración regional, la democracia, el multilateralismo, el respeto a la soberanía, los derechos humanos, la igualdad de género, la lucha contra el crimen organizado y el desarrollo ético de la inteligencia artificial.
Finalmente, se acordó que la próxima reunión de Euro-Lat se realice en mayo de 2026 en México, una señal política relevante que coloca al país como sede del diálogo birregional en un momento clave. En términos simples, el Congreso mexicano busca que el discurso ambiental se traduzca en inversión, empleo y desarrollo, y que México no solo participe en la transición energética, sino que juegue un papel protagónico.















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